viernes, 19 de octubre de 2012

El poder de la mente.


Cuando la supremacía del juego de rol acabe con nosotros…será entonces cuando despierte la chispa de la desesperación.

Cae la noche, el tiempo se escurre entre los tic-tac del reloj. Se apaga la luz. Cierro fuerte los ojos intentando no pensar en nada. Me estremece el extraño sentimiento que suavemente me acaricia la piel con no muy buenas intenciones. Aprieto aún más mis sudorosas manos, estrechadas entre unas sabanas que ya no cubren toda la superficie de mi cuerpo. El calor, en esta noche fría, me asfixia.

Con un sobresalto fruto de una fuerte explosión cerebral caí de la cama. Un fuerte pinchazo hizo despertarme de aquel sueño… si es que alguna vez llegué a estar soñando. Pensaba en nada y nada era lo que recibía.

Con los ojos como platos, tratando de adaptarme a aquella oscuridad, me levantaron. Me llevaron a la cocina, hicieron que abriese un cajón, me obligaron a tomar el cuchillo más grande y afilado que allí había. Lo extraño es que no había nadie a mi alrededor. Era consciente de mis movimientos, de mis acciones, pero mi rutina se había convertido en un estúpido juego que controlaba mi vida. Ya no era diversión, era habituación y no podía verlo.

La siguiente acción me llevaría hasta el aseo. Con el cuchillo entre mis dientes, de pie frente a aquella gélida figura de cerámica, trataba sin mucha fortuna, de acertar con el chorro, en busca de una melodía constante sin subidas ni bajadas de tono que me evitasen una buena reprimenda a la mañana siguiente. Cerrado el grifo, vuelta a la cocina para coger algo de comer.

El teléfono sonó. Quizás fuese el despertador, quién sabe. Cuando el vicio te pierde eres incapaz de distinguir entre realidad y ficción, porque ya has creado tu propia realidad. Una realidad ficticia que no lleva a ningún lugar. Descolgué sin más premura. Tenían una última petición para mí…y dejarían de controlar mi vida…

Levanté el cuchillo lo más alto que pude…me temblaban las manos, las piernas y hasta los pies…No podía hacerlo…pero ya se había puesto en marcha la acción. Tenía que cumplir con lo establecido en ninguna parte. Lo intenté una vez más…rápido, sin pensar, alcé el cuchillo a lo más alto y ¡zas!

 La sangre no dejaba de correr por todo el salón, fruto de una nueva explosión cerebral; en el último segundo antes de acabar con mi vida decidí, por impulso, cambiar el rumbo de mi dirección. Corté los cables de aquel router que estaba apagando mis días…La virulencia fue tal que propiné un codazo a un bote de salsa de tomate que andaba por allí, llegando a todos los rincones… Escena grotesca propia de una gran película de ficción, pero solución a tiempo de mi más que presente realidad.

JR.

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