domingo, 21 de octubre de 2012

"HalloWin": La noche en la que el miedo ganó.


Corría extasiado por aquel interminable pasillo. El silencio no hacía más que elevar el sonido de un intenso palpitar de mi corazón y una respiración acelerada. Detrás de cada esquina aguardaba una puta calabaza iluminada, presagio de lo que iba a suceder o había sucedido ya. Todas y cada una de ellas tenían la mirada fijada en mi persona, independientemente de su posición o la mía en el espacio, todas y cada una de ellas parecían estar compinchadas entre sí. Mientras más corría, mayor era la impresión de que se movían. Por fin, el pasillo se acababa.



Estaba siendo perseguido por una extraña criatura. ¡La había visto! Estaba seguro de haberla visto… Quería atraparme a toda costa, pero mis rápidos movimientos hasta el momento habían conseguido evitarlo.

Otra vez no, ese ruido no… Con sus ojos rojos, la criatura volvía a aparecer al final del pasillo, mirándome fijamente y de forma intimidatoria. Ante la amenaza, decidí volar. Me hallaba frente a la inmensidad de la escalera que daba al salón; salté como si no hubiese mañana. El frío suelo de mármol amortiguó la caída dejándome hecho polvo el tobillo de mi pié derecho. Mi piel se erizaba, un frío sudor recorría mi cuerpo. Su presencia estaba cerca y no podía abrir los ojos. No podía evitar el desastre final. Había quedado inconsciente, atrapado en mi propio refugio, eso a lo que algunos llaman hogar.

A la mañana siguiente desperté. No recordaba nada. No recordaba a nadie. No sabía lo que había pasado. Estaba solo… ¿o tal vez no? En el sillón del final de la habitación había alguien, o eso parecía. El volumen de la televisión superaba los límites permitidos. El ruido de sirenas no cesaba. Todo estaba lleno de sangre.

Me arrastraba por el suelo intentando descubrir quién era aquella extraña figura que yacía en el sillón. Estaba de espaldas a mí y no podía verlo desde mi posición. Cuando llegué hasta él, traté de sentarme a sus pies. Poco a poco conseguía reincorporarme. Lancé mis manos hacia sus rígidos hombros. Parecía estar muerto. Traté de levantarme un poco más, apoyé mis manos sobre su pecho, hundiéndose en la más profunda oscuridad. Alguien le había arrancado de cuajo el corazón. No entendía nada. Me eché las manos a la cabeza y comencé a llorar. Algo empezó a incomodarme por dentro, sentía un gran vació en el interior. Me desabroché la camisa, tenía un gran calor. ¿Pero qué..? El mismo agujero que lucía el cuerpo inerte sobre el que estaba apoyado se había reflejado en mí. Cada vez entendía menos. Me atreví a mirarle la cara...y cuando lo hice, no lo podía creer... Comencé a toser sin parar; perdía toda la fuerza por momentos, me incliné hacia adelante y del tremebundo agujero cayó el corazón que allí estaba alojado, rodando hasta debajo del sillón, perdiéndose para siempre. Los ojos se tornaron blancos y caí desplomado, sin remedio, encima del otro cuerpo.

Nunca hubo monstruo ni criatura. Nunca hubo huída. Siempre fui yo; era yo. Fracaso de mis propias decisiones, recluta de mi pobre acompañamiento. Sea como fuere, la historia terminó. Era la noche de Halloween, la noche del terror, de los dulces y los caramelos. La noche donde el miedo ganó. Desde entonces para mí: La noche de "HalloWin".


JR.

viernes, 19 de octubre de 2012

El poder de la mente.


Cuando la supremacía del juego de rol acabe con nosotros…será entonces cuando despierte la chispa de la desesperación.

Cae la noche, el tiempo se escurre entre los tic-tac del reloj. Se apaga la luz. Cierro fuerte los ojos intentando no pensar en nada. Me estremece el extraño sentimiento que suavemente me acaricia la piel con no muy buenas intenciones. Aprieto aún más mis sudorosas manos, estrechadas entre unas sabanas que ya no cubren toda la superficie de mi cuerpo. El calor, en esta noche fría, me asfixia.

Con un sobresalto fruto de una fuerte explosión cerebral caí de la cama. Un fuerte pinchazo hizo despertarme de aquel sueño… si es que alguna vez llegué a estar soñando. Pensaba en nada y nada era lo que recibía.

Con los ojos como platos, tratando de adaptarme a aquella oscuridad, me levantaron. Me llevaron a la cocina, hicieron que abriese un cajón, me obligaron a tomar el cuchillo más grande y afilado que allí había. Lo extraño es que no había nadie a mi alrededor. Era consciente de mis movimientos, de mis acciones, pero mi rutina se había convertido en un estúpido juego que controlaba mi vida. Ya no era diversión, era habituación y no podía verlo.

La siguiente acción me llevaría hasta el aseo. Con el cuchillo entre mis dientes, de pie frente a aquella gélida figura de cerámica, trataba sin mucha fortuna, de acertar con el chorro, en busca de una melodía constante sin subidas ni bajadas de tono que me evitasen una buena reprimenda a la mañana siguiente. Cerrado el grifo, vuelta a la cocina para coger algo de comer.

El teléfono sonó. Quizás fuese el despertador, quién sabe. Cuando el vicio te pierde eres incapaz de distinguir entre realidad y ficción, porque ya has creado tu propia realidad. Una realidad ficticia que no lleva a ningún lugar. Descolgué sin más premura. Tenían una última petición para mí…y dejarían de controlar mi vida…

Levanté el cuchillo lo más alto que pude…me temblaban las manos, las piernas y hasta los pies…No podía hacerlo…pero ya se había puesto en marcha la acción. Tenía que cumplir con lo establecido en ninguna parte. Lo intenté una vez más…rápido, sin pensar, alcé el cuchillo a lo más alto y ¡zas!

 La sangre no dejaba de correr por todo el salón, fruto de una nueva explosión cerebral; en el último segundo antes de acabar con mi vida decidí, por impulso, cambiar el rumbo de mi dirección. Corté los cables de aquel router que estaba apagando mis días…La virulencia fue tal que propiné un codazo a un bote de salsa de tomate que andaba por allí, llegando a todos los rincones… Escena grotesca propia de una gran película de ficción, pero solución a tiempo de mi más que presente realidad.

JR.