viernes, 22 de noviembre de 2013

Al final del camino...


Abro los ojos al despertar, si es que alguna vez estuve dormido. Siento como poco a poco se apaga la llama de la última vela que quedaba encendida, clavada, en el centro de aquel pastel. Vela de muchas noches en velo, protagonista de las más inmensas hogueras y sufridora de huracanes y tormentosas tempestades. Esa vela que no se hundió con el resto, cuando la tarta se fue a pique. Esa vela que tantas y tantas veces fue tumbada y supo cómo levantarse. Esa vela que alumbró las noches más oscuras y que acogió bajo su cálido abrazo la sutil combinación de almas perdidas que no encontraban su camino. Esa vela que no te daba la espalda bajo ninguna circunstancia. Esa.


Ahora siento como flaquean las fuerzas, como la pequeña herida se convirtió en agujero negro, como mi planeta fue invadido por extraterrestres nongratos procedentes de otras galaxias lejanas que amenazan con volver. Extraterrestres que reclaman la atención de todos obviando lo que siempre ha estado ahí. ¡Maldito agujero que una vez se abrió y no cicatrizó!. Dichas del destino.


Me he sentado a ver mi vida desde el sillón y solo un apocalipsis zombie podría salvarme de la indiferencia vertida sobre la habitación dónde una vez hubo algo más que palabras y hechos aislados. Un apocalipsis vivido en primera persona desde el bando de los caminantes. Caminantes a la deriva tratando de resarcirse de toda la tierra que un día se echaron o les echaron encima.

Pase lo que pase, resurgiré; me aferraré a la noche mientras brille una estrella; me dormiré en el mar mientras no borre mis huellas; sonreiré a la vida mientras existan estrellas que dejan huella. 

Y bien, al final del camino ya se va poniendo el Sol. Amaneciendo un nuevo anochecer...anocheciendo una luz que un día brilló.

JR.





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